Estaba leyendo este libro de Paolo Nori en el que en cierto momento dice: "un loco es una obra maestra inútil, y no hay nada más que decir". Así dice Paolo Nori. Hay que decir que Paolo Nori tiene gusto por la boutade, y no hay nada de malo en eso. La boutade es necesariamente una simplificación y yo encuentro que hay un valor en la simplificación. Pero también en la profundidad y en la complejidad hay un valor. Síntesis y análisis son dos caras de la misma medalla. Pero no quería hablar de esto, quería hablar del hecho de que el loco es utilísimo. Un loco te muestra realidades alternativas, te pone delante posibilidades empapadas de una fantasía tal que un cuerdo no consigue, no ya verlas, sino siquiera concebirlas. El loco vive la realidad con distancia y eso le permite tener una libertad de visión de la que los presuntos cuerdos carecen. No sé vosotros, pero a mí siempre me da envidia cuando reconozco a un loco genuino, porque querría estar en su lugar, al menos un rato. ¿A quién no le gusta hacerse el tonto para no ir a la guerra? Nuestra guerra es engranarnos en los mecanismos de la sociedad y el loco nos recuerda que vivimos en una construcción y que la construcción se puede desmontar y volver a montar, o destruir y dejar en polvo. Por eso encuentro que el loco es una obra maestra no solo útil sino necesaria. Tened más simpatía por los locos y menos por los aguafiestas serios con un palo metido en el culo, porque, podéis estar seguros, uno se divierte más y vive mejor con los primeros. Y, en cualquier caso, esto no pretende ser una crítica a Paolo Nori, que, que quede claro, me sigue cayendo simpático, aunque solo sea porque está obsesionado con los rusos.